
Charles Dickens
(1812-1870)
Los papeles póstumos del club Pickwick, David Copperfield, Grandes Esperanzas, Tiempos difíciles, Nuestro común amigo, Almacén de antigüedades, La pequeña Dorrit, Oliver Twist...
(1812-1870)
Los papeles póstumos del club Pickwick, David Copperfield, Grandes Esperanzas, Tiempos difíciles, Nuestro común amigo, Almacén de antigüedades, La pequeña Dorrit, Oliver Twist...
Al escribir sobre Dickens, el mejor uso que se puede hacer de las primeras cincuenta palabras es el siguiente: el taimado Dodger, Fagin, Dick Swiveller, Flora Finching, Saire Gamp, Pip, el señor Micawber, Sam Séller, Uriah Heep, el señor Dick, Bella Wilfer, Joe Gargery, la señorita Havisham, Pumblechoock, Wemmmick, Bumble, Pecskniff, el señor Nickleby, los Crummles, Quilp, Podsnap, Toots, Rosa Dartle, Chadband, la señorita lite, el inspector Bucket, los Tite Barnacle, la señora Defarge, los Veneering. Tan pronto como un lector de Dickens recuerda cualquiera de esos nombres, se alza en su cabeza un telón que le permite ver y oír a seres humanos que viven y hablan.
Tal vez Dickens y Tolstoi sean los dos únicos novelistas aceptados por el mundo entero; ahora bien, Dickens lo ha sido con mucho más entusiasmo. El filósofo George Santayana, tras enumerar todos los defectos de Dickens, tales como su falta de sensibiliad hacia la religión, la ciencia, la política o las artes, concluye que es “uno de los mejores amigos que la humanidad ha tenido nunca”. Y es cierto. Y puede que, precisamente por su abrumadora popularidad, no se le haya considerado hasta hace pocos años no ya como uno más de la casa al que queremos mucho, sino como un novelista casi de la talla de Dostoievski, con quien comparte una apasionada y turbulenta imaginación.
Doy por hecho que el lector, en su infancia o después, habrá leído al menos David Copperfield, y que quizá se vio obligado a leer Cuento de Navidad. Cuando relea a Dickens, sugiero que tenga presente lo siguiente:
A pesar de que gusta mucho a los niños, Dickens no es un escritor sólo para un público infantil o inmaduro. Aunque es increíblemente fácil de leer, es un artista serio, y lo es aun cuando uno de sus principales recursos para retratar la vida sea recurrir a la buena (o no tan buena) comedia. Es algo más que un creador de excéntricos divertidos. Tratemos, por ejemplo, de ver si somos capaces de detectar el uso constante y convincente que hace del simbolismo de un modo casi actual; los montones de polvo que aparecen en Nuestro común amigo proporcionan una buena muestra de lo que apunto.
Hay que reconocer que, con independencia de lo que el sentimentalismo de Dickens pudiera significar en su tiempo, a nosotros nos suena hueco. Puede llegar a ser imposible lograr comprender a este autor en su conjunto si intentamos que su artificial patetismo nos conmueva, o incluso si le prestamos algo más que una somera atención. Todo el mundo recuerda la famosa afirmación de Oscar Wilde: “Hay que tener un corazón de piedra para lograr leer la muerte de Nell sin desternillarse de risa.”
A pesar de que gusta mucho a los niños, Dickens no es un escritor sólo para un público infantil o inmaduro. Aunque es increíblemente fácil de leer, es un artista serio, y lo es aun cuando uno de sus principales recursos para retratar la vida sea recurrir a la buena (o no tan buena) comedia. Es algo más que un creador de excéntricos divertidos. Tratemos, por ejemplo, de ver si somos capaces de detectar el uso constante y convincente que hace del simbolismo de un modo casi actual; los montones de polvo que aparecen en Nuestro común amigo proporcionan una buena muestra de lo que apunto.
Hay que reconocer que, con independencia de lo que el sentimentalismo de Dickens pudiera significar en su tiempo, a nosotros nos suena hueco. Puede llegar a ser imposible lograr comprender a este autor en su conjunto si intentamos que su artificial patetismo nos conmueva, o incluso si le prestamos algo más que una somera atención. Todo el mundo recuerda la famosa afirmación de Oscar Wilde: “Hay que tener un corazón de piedra para lograr leer la muerte de Nell sin desternillarse de risa.”
Si, como algunos piensan, los personajes de Dickens son “caricaturas”, ¿cómo es posible que se fijen en nuestra memoria y sigan conmoviéndonos con tanta fuerza?
Dickens fue un hombre apasionado e infeliz que, al parecer, nunca se recobró de una infancia desdichada (¡cuántos niños abandonados y perdidos recorren sus páginas!) y que fracasó estrepitosamente como marido y como padre. Su pasión y su infelicidad aparecen reflejadas sutilmente en sus novelas, junto con su sentimiento de culpa. Por ello, a medida que madura, sus libros ganan en profundidad. Compárese el desenfado de Pickwick (en donde, sin embargo, también hay aquellas escenas de la prisión de Fleet) con el sufrimiento de La pequeña Dorrit o la atmósfera siniestra e inquietante de El misterio de Edwin Drood, que dejó inacabado a su muerte. La idea de que Dickens es una especie de alegre Papá Noel literario ha impedido a muchos lectores ver todo lo que hay en él.
Por último, si Dickens fuera simplemente un autor “popular”, ¿por qué se le sigue leyendo, mientras que a Walter Scott, que fue igual de popular en su época, ya no lo lee casi nadie?
Lo que trato de sugerir es que lo mejor que podemos hacer es olvidar todas las ideas que proceden de nuestras experiencias infantiles o escolares, pues en Dickens hay mucho más de lo que fue capaz de ver el ojo victoriano, y está ahí, esperando para que nosotros, sus lectores de hoy, lo descubramos.
Dickens fue un hombre apasionado e infeliz que, al parecer, nunca se recobró de una infancia desdichada (¡cuántos niños abandonados y perdidos recorren sus páginas!) y que fracasó estrepitosamente como marido y como padre. Su pasión y su infelicidad aparecen reflejadas sutilmente en sus novelas, junto con su sentimiento de culpa. Por ello, a medida que madura, sus libros ganan en profundidad. Compárese el desenfado de Pickwick (en donde, sin embargo, también hay aquellas escenas de la prisión de Fleet) con el sufrimiento de La pequeña Dorrit o la atmósfera siniestra e inquietante de El misterio de Edwin Drood, que dejó inacabado a su muerte. La idea de que Dickens es una especie de alegre Papá Noel literario ha impedido a muchos lectores ver todo lo que hay en él.
Por último, si Dickens fuera simplemente un autor “popular”, ¿por qué se le sigue leyendo, mientras que a Walter Scott, que fue igual de popular en su época, ya no lo lee casi nadie?
Lo que trato de sugerir es que lo mejor que podemos hacer es olvidar todas las ideas que proceden de nuestras experiencias infantiles o escolares, pues en Dickens hay mucho más de lo que fue capaz de ver el ojo victoriano, y está ahí, esperando para que nosotros, sus lectores de hoy, lo descubramos.
Nos vemos el jueves 27 de octubre. Buena lectura, amigos.
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