lunes, 19 de diciembre de 2011

Leer "Lolita" en Teherán, Azar Nafisi

Amigos, ya tenemos el libro para la próxima reunión.


Una vez por semana y durante más de dos años, Azar Nafisi, una profesora de literatura de la Universidad de Teherán expedientada por negarse a llevar el velo, reunió en su casa a siete de sus alumnas para leer y comentar algunas de las novelas occidentales prohibidas por el régimen de los ayatolás. Poco a poco, superada la timidez inicial, las jóvenes estudiantes empezaron a expresarse con libertad, no sólo sobre las novelas de Jane Austen, Henry James, F. Scott Fitzgerald y Nabokov sino sobre sí mismas, sus sueños y frustraciones. En aquellos libros habían encontrado una alternativa valiente a la tiranía ideológica a la que estaban sometidas y la adoptaron como un desafío.


Azar Nafisi (en persa: آذر نفیسی), nacida hacia 1947, es académica iraní y autora de éxito residente en Estados Unidos desde 1997, año en que emigró de Irán. Es especialista en literatura en lengua inglesa. Su libro Reading Lolita in Tehran: A Memoir in Books, publicado en 2003, fue traducido a 32 lenguas y estuvo 117 semanas en la lista de bestsellers del New York Times (New York Times Bestseller list) y obtuvo numerosos premios literarios, entre ellos el Non-fiction Book of the Year Award (2004) de Book Sense, y el europeo Persian Golden Lioness Award de literatura
Nos vemos para comentar este estupendo libro el jueves 26 de enero de 2012, a las 19.30 horas.


Felices Fiestas.

viernes, 28 de octubre de 2011

Las partículas elementales, Michel Houellebecq




En Las partículas elementales, nuestro autor lleva a sus últimas consecuencias su frase: "Toda sociedad tiene sus puntos débiles, sus llagas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte".



El humor de Houellebecq está más cerca de la risa desesperada que del fugacísimo regocijo del chiste. La novela, ambientada en el estricto presente, sucede como si las más pesadillescas parábolas de Kafka ya se hubieran hecho realidad, sin que nadie se haya dado cuenta.




Michel Houellebecq (1958) es poeta, ensayista y novelista, "la primera star literaria desde Sartre" (Le Nouvel Observateur). Entre sus obras destacamos, Ampliación del campo de batalla, Lanzarote, Plataforma, El mundo como supermercado.



Nos vemos el jueves 1 de diciembre de 2011. A las 19.30 horas.


Buena lectura.

jueves, 6 de octubre de 2011

Grandes esperanzas, Charles Dickens



Charles Dickens
(1812-1870)

Los papeles póstumos del club Pickwick, David Copperfield, Grandes Esperanzas, Tiempos difíciles, Nuestro común amigo, Almacén de antigüedades, La pequeña Dorrit, Oliver Twist...



Al escribir sobre Dickens, el mejor uso que se puede hacer de las primeras cincuenta palabras es el siguiente: el taimado Dodger, Fagin, Dick Swiveller, Flora Finching, Saire Gamp, Pip, el señor Micawber, Sam Séller, Uriah Heep, el señor Dick, Bella Wilfer, Joe Gargery, la señorita Havisham, Pumblechoock, Wemmmick, Bumble, Pecskniff, el señor Nickleby, los Crummles, Quilp, Podsnap, Toots, Rosa Dartle, Chadband, la señorita lite, el inspector Bucket, los Tite Barnacle, la señora Defarge, los Veneering. Tan pronto como un lector de Dickens recuerda cualquiera de esos nombres, se alza en su cabeza un telón que le permite ver y oír a seres humanos que viven y hablan.

Tal vez Dickens y Tolstoi sean los dos únicos novelistas aceptados por el mundo entero; ahora bien, Dickens lo ha sido con mucho más entusiasmo. El filósofo George Santayana, tras enumerar todos los defectos de Dickens, tales como su falta de sensibiliad hacia la religión, la ciencia, la política o las artes, concluye que es “uno de los mejores amigos que la humanidad ha tenido nunca”. Y es cierto. Y puede que, precisamente por su abrumadora popularidad, no se le haya considerado hasta hace pocos años no ya como uno más de la casa al que queremos mucho, sino como un novelista casi de la talla de Dostoievski, con quien comparte una apasionada y turbulenta imaginación.


Doy por hecho que el lector, en su infancia o después, habrá leído al menos David Copperfield, y que quizá se vio obligado a leer Cuento de Navidad. Cuando relea a Dickens, sugiero que tenga presente lo siguiente:

A pesar de que gusta mucho a los niños, Dickens no es un escritor sólo para un público infantil o inmaduro. Aunque es increíblemente fácil de leer, es un artista serio, y lo es aun cuando uno de sus principales recursos para retratar la vida sea recurrir a la buena (o no tan buena) comedia. Es algo más que un creador de excéntricos divertidos. Tratemos, por ejemplo, de ver si somos capaces de detectar el uso constante y convincente que hace del simbolismo de un modo casi actual; los montones de polvo que aparecen en Nuestro común amigo proporcionan una buena muestra de lo que apunto.
Hay que reconocer que, con independencia de lo que el sentimentalismo de Dickens pudiera significar en su tiempo, a nosotros nos suena hueco. Puede llegar a ser imposible lograr comprender a este autor en su conjunto si intentamos que su artificial patetismo nos conmueva, o incluso si le prestamos algo más que una somera atención. Todo el mundo recuerda la famosa afirmación de Oscar Wilde: “Hay que tener un corazón de piedra para lograr leer la muerte de Nell sin desternillarse de risa.”


Si, como algunos piensan, los personajes de Dickens son “caricaturas”, ¿cómo es posible que se fijen en nuestra memoria y sigan conmoviéndonos con tanta fuerza?
Dickens fue un hombre apasionado e infeliz que, al parecer, nunca se recobró de una infancia desdichada (¡cuántos niños abandonados y perdidos recorren sus páginas!) y que fracasó estrepitosamente como marido y como padre. Su pasión y su infelicidad aparecen reflejadas sutilmente en sus novelas, junto con su sentimiento de culpa. Por ello, a medida que madura, sus libros ganan en profundidad. Compárese el desenfado de Pickwick (en donde, sin embargo, también hay aquellas escenas de la prisión de Fleet) con el sufrimiento de La pequeña Dorrit o la atmósfera siniestra e inquietante de El misterio de Edwin Drood, que dejó inacabado a su muerte. La idea de que Dickens es una especie de alegre Papá Noel literario ha impedido a muchos lectores ver todo lo que hay en él.
Por último, si Dickens fuera simplemente un autor “popular”, ¿por qué se le sigue leyendo, mientras que a Walter Scott, que fue igual de popular en su época, ya no lo lee casi nadie?

Lo que trato de sugerir es que lo mejor que podemos hacer es olvidar todas las ideas que proceden de nuestras experiencias infantiles o escolares, pues en Dickens hay mucho más de lo que fue capaz de ver el ojo victoriano, y está ahí, esperando para que nosotros, sus lectores de hoy, lo descubramos.


Nos vemos el jueves 27 de octubre. Buena lectura, amigos.

viernes, 17 de junio de 2011

El pianista del gueto de Varsovia, Wladyslaw Szpilman

Wladyslaw Szpilman (1911-2000). Estudió piano en Varsovia y Berlín. De 1945 a 1963 fue director musical de Radio Varsovia y posteriormente prosiguió su carrera como compositor y concertista. Vivió en Varsovia hasta su muerte, en julio de 2000. Estas memorias relatan cómo sobrevivió a la destrucción de la comunidad judía de Polonia.




La primera versión de estas memorias fue publicada en 1946, pero fue inmediatamente retirada de la circulación por las nuevas autoridades polacas. Hasta 1998 no aparece una edición en alemán. Escritas muy poco después de la guerra, están impregnadas de una enorme frescura. Szpilman no se detiene a juzgar a nadie, sino que relata simplemente lo que vio: las atrocidades de los alemanes, ucranianos y lituanos, y cómo existían clases sociales dentro del Ghetto.
Roman Polanski rodó una película basada en estas memorias, con un fidelidad absoluta al texto del autor, que fue premiada con la Palma de Oro en el festival de cine de Cannes 2002.


Nos encontramos el jueves 29 de septiembre para su comentario.


Buen verano y buena lectura.











jueves, 19 de mayo de 2011

Las uvas de la ira, John Steinbeck

Premio Nobel de Literatura en 1962, John Steinbeck (1902-1968) fue testigo directo de la Depresión económica que, originada por el crack bursátil de 1929, azotó durante la década de los años treinta a los Estados Unidos. Publicada en 1939 y objeto de varias versiones cinematográficas -entre ellas un memorable film de John Ford-, Las uvas de la ira relata en una narración que alcanza por momentos cotas épicas la emigración que, desde una inhabitable Oklahoma, lleva a cabo la familia Joad junto a miles de personas más hacia la tierra de promisión que parece California. A lo largo del camino, sin embargo, este ejército de desposeídos comprobará la frágil consistencia de un "sueño americano" que progresiva e inevitablemente acabará desvaneciéndose.


Nos reunimos el miércoles 15 de junio a las 19.30 horas.

Muchas gracias.






Romanticismo, Manuel Longares

Madrid es un territorio literario cuya imagen se ha multiplicado en la mirada de grandes escritores. Sin remontarnos hasta Galdós, sólo en el último medio siglo este espacio plural ha dado materia para novelas importantes en nuestra historia literaria. Dos, al menos, son emblemáticas: La colmena (1951), con su lírica expresión de la incertidumbre existencial de los vencidos en aquel tierno acuario de desdichas en unos días de 1943; y Tiempo de silencio (1962), por su rabiosa interpretación intelectual y su barroca plasmación estilística del atraso y la injusticia en la sociedad de posguerra en 1949. Después Madrid y el franquismo han concitado la atención de escritores tan relevantes como García Hortelano, Umbral o Isaac Montero, que han explorado este territorio y aquel período en sus mejores, si bien con actitudes ideológicas y estéticas diferentes. También en la transición Madrid ha seguido dando un escenario fértil para novelar el cambio político y sus transformaciones en la sociedad española. Son muchas las novelas que han acometido este proceso, algunas con alcance generacional ideado por autores del 68. Dos muy recientes abordan, en su dimensión colectiva, aquel intenso periodo de la transición en distintos ámbitos de la sociedad madrileña: La caída de Madrid (2000), de Rafael Chirbes, atenta a diferentes sectores sociales en el día postrero de vida de Franco; y Romanticismo, de Manuel Longares (Madrid, 1943), centrada en la burguesía del barrio de Salamanca.



Romanticismo es una excelente novela que aborda con actitud lírica y mirada irónica el momento histórico de aquella burguesía improductiva, poseída por el miedo a los cambios que se avecinan con la muerte del dictador y dispuesta a abrir sus ojos a sectores de la clase media para acomodarse a los nuevos usos sociales, sin ceder ni un palmo en la defensa de sus intereses económicos. Al mismo tiempo los personajes de la clase media que por su trabajo entran en el reducto privilegiado del barrio de Salamanca comprenden que, a pesar de los cambios en las costumbres y en la moral de la burguesía adinerada, aquel territorio sigue siendo inexpugnable para los nacidos fuera de aquellas familias. Sólo fue un tiempo de “romanticismo” en que unos y otros columbraron la posibilidad de un mundo mejor, algunos en el otoño de sus vidas con sus insatisfacciones y ansias adormecidas, otros más abiertos al orden nuevo con las ilusiones que da la juventud, aunque cada cual acabe clavado en el lugar donde estaba. Pues por más que la joven heredera educada entre vecinos de una casa con pasado ducal se acomode en un programa nocturno de radio y ascienda en él a la esposa del administrador de su familia, siempre será “Un programa de Virucha Arce” (pág. 472), que tiene como jefes a un tío y a un primo.



Porque, como explica el hijo de un juez depurado, por mucho que hayan cambiado las apariencias, “para ellos somos lo que sabes y valemos lo que les aporta nuestro trabajo. En este mundo todo es como ellos quieren” (pág. 491). En ello Romanticismo descubre la inagotable capacidad de la burguesía para acomodarse a cada situación en defensa de sus privilegios. Y la narración, ambiciosa en su realismo abarcador de un tejido social con más de cien personajes, escrita con brillantez en su prosa envolvente, de impecable factura clásica, imaginativa y de altas calidades poéticas, se redondea como un acabado producto con los mejores logros de las novelas de amplio vuelo y firme pulso narrativo.



La historia novelada gira en torno a una familia del barrio de Salamanca a lo largo de tres generaciones, con especial hincapié en las tres mujeres más representativas de la casa en cada momento. Su estructura narrativa está organizada en tres partes que se corresponden con tres momentos de la historia y que, en buena medida, siguiendo una cronología lineal con muchas retrospecciones temporales, reproducen el clásico esquema de planteamiento, nudo y desenlace. La primera parte, “Sepulcro de la memoria”, se centra en los veinte días anteriores a la muerte de Franco en noviembre de 1975. La incertidumbre de aquella burguesía, lastrada por el peso inútil de su pasado y preocupada por su patrimonio, se manifiesta en estas páginas con ironía y humor aprendidos en Cervantes, hasta dar cabida a dosis bien controladas de parodia, caricatura y deformación esperpéntica, por ejemplo en el soberbio padre Altuna o en la grotesca sexualidad de Javo Chicheri y otros componentes de su comando fascista. En la segunda parte, “Desajustes”, se novelan más de dos años de rápidos cambios producidos entre 1975 y 1978. Si antes todo se circunscribía al barrio de Salamanca (“el cogollito” en el habla de Serrano), con sus tiendas, cafés y restaurantes, y unas vacaciones de tres meses entre el chalet de San Rafael (“Sanra”) y la playa de la Concha (Donosti), sin más contactos que los clandestinos con los rojos (“rogelios”), ahora en la transición los miembros de estas familias empiezan a moverse desconcertados por el aluvión de la democracia. Pero aprenden rápido y se adaptan incluso a las libertades sexuales de la nueva etapa, sin compartir de verdad ni su grandeza ni sus finanzas. La tercera parte, “Restauración”, más fragmentaria y elíptica, apura su resumen del paso de esta clase social por la travesía de los gobiernos socialistas hasta la victoria del PP en 1996. Muchas cosas cambiaron en el barrio, que sigue siendo inexpugnable porque el dinero está en las mismas manos. Y con el dibujo de sus transformaciones internas Longares ha dado cima a una espléndida novela de la vida cotidiana de la burguesía madrileña en la transición.



Os esperamos el 28 de abril en vuestra biblioteca.





Muerte de un viajante, Arthur Miller

Cuando en 1949 se estrenó en Nueva York Muerte de un viajante, obtuvo de inmediato un éxito que catapultó a la fama a Arthur Miller, hoy convertido en todo un clásico del teatro norteamericano del siglo XX. Llevada innumerables veces a las tablas en todo el mundo, y en varias ocasiones a la pantalla, más de cincuenta años después de su estreno esta obra ha pasado a ser un símbolo de la tragedia del hombre corriente en una sociedad que lo aniquila y de la inutilidad del sacrificio.


Argumento


Willy Loman ha trabajado como viajante de comercio durante toda su vida para conseguir lo que cualquier hombre desea: comprar una casa, educar a sus hijos, darle una vida digna a su mujer. Tiene sesenta años, y está extenuado; pide un aumento de sueldo, pero se lo niegan y acaba siendo despedido «por su propio bien», pues ya no rinde en su trabajo como antes. Todo parece derrumbarse: no podrá pagar la hipoteca de la casa y, para colmo, sus dos hijos no hacen nada de provecho. ¿No se ha sacrificado él siempre para que estudiaran y se colocaran bien? A medida que avanzan las horas, la avalancha de problemas crece de modo imparable, pero Willy vive otra realidad, en otro mundo: ¡ha soñado con tantas cosas!... Ha sido un perfecto trabajador, un perfecto padre y marido: ¿dónde está el error?, ¿en él o en los demás?


Arthur Miller

Arthur Miller nació en Nueva York en 1915 y falleció en 2005. Clásico incontestable de la escena estadounidense, Miller escribió algunas de las obras maestras del siglo xx, además de obras de ficción, ensayo y crítica. Entre sus numerosos galardones se cuentan el Premio Pulitzer (1949) o el premio de la crítica teatral neoyorquina en dos ocasiones, así como el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (2002). Hombre público por su compromiso social –y su vida privada–, nadie como Miller ha sabido reflejar las frustraciones y desengaños de la sociedad estadounidense.


«La tragedia de Willy Loman está en que dio su vida, o la vendió, para justificar que la había desperdiciado», escribió Arthur Miller, quien, a propósito de la triste vigencia de esta obra, dijo en cierta ocasión: «El que siga habiendo tantos Willy en el mundo se debe a que el hombre se supedita a las imperiosas necesidades de la sociedad o de la tecnología aniquilándose como individuo… Pero la obra trata de algo aún más primitivo. Como muchos mitos y dramas clásicos, es una historia sobre la violencia en el seno de las familias.»



Amigos, nos veremos en la biblioteca el 17 de marzo de 2011. El jueves, claro.